El desenlace
No hubo un mañana, sino varios. Se sucedieron uno tras otro hasta convertirse en lo habitual. Cuando las grandes entidades se dieron por satisfechas tras alcanzar buena parte de sus fantasiosas posibilidades, decidieron observar los momentos consecuentes y saborear su establecimiento. Han de reconocer algunas de ellas que volvieron a algún momento pleno repetidamente para gozar de la sensación contenta, pero ciertamente hacerles el juego a los momentos irrepetibles era una apasionante ocupación, al usar la complejidad de los acontecimientos anteriores para crear el porvenir. Cada momento requería una lista extensa de parámetros previos para su existencia, y engrosaba la lista añadiendo su propia existencia de posibilidades.
Algunos momentos consultados repetidamente señalan que la Consecuencia se quedó escondida en un lago planetario, alertada por el mundo cambiante y dispuesta a cuestionar las claves del tiempo si se alejase demasiado de lo previsible.